7.4.17

A veces, hay que desafiar a todo aquello que nos somete

ES UN ERROR ACOSTUMBRARSE A LO QUE NO TE HACE FELIZ


A veces lo hacemos, nos acostumbramos a lo que no nos hace felices, algo muy humano y los motivos son muy variados, por comodidad, por conformismo, por el que dirán, por nuestras creencias o por pensar que sacrificarnos por los demás es una buena opción y desde luego no lo es. La primera condición para hacer felices a quienes tenemos junto a nosotros es precisamente ser felices con nosotros mismos, ya que nadie puede dar lo que no tiene.

La felicidad no duele y por tanto no debe oprimir, ni rozar, ni quitar el aire, sino permitirnos ser libres, ligeros y dueños de nuestra vida, de nuestras decisiones, de nuestros proyectos, en definitiva dueños de nosotros mismos.

Aunque es cierto que concentrarnos en una tarea en cuerpo y alma puede darnos la felicidad, también es muy cierto que una buena parte de nosotros nos adaptamos casi a la fuerza a muchas de nuestras rutinas cotidianas, incluso siendo conscientes de que no nos hacen felices. El mundo, la vida, acontece perfecta y risueña, mientras nosotros seguimos cautivos de nuestras rutinas.

Nos adaptamos para sentirnos seguros. A medida que nos hacemos mayores y adquirimos responsabilidades de adultos, esa necesidad de sentirnos seguros sigue muy presente. Sin embargo, esa búsqueda continua de seguridad muchas veces no dirige nuestro comportamiento desde nuestra conciencia.


Por curioso que parezca, el más sensible frente a esta necesidad es nuestro cerebro. No le agradan los cambios, los riesgos, ni aún menos las amenazas. Es él quien nos susurra aquello de “acostúmbrate aunque no seas feliz, porque la seguridad garantiza la supervivencia”. Sin embargo, y esto debemos tenerlo claro, el acostumbrarse no siempre va de la mano de la felicidad; entre otras razones porque ese acostumbrarse muchas veces no se produce.

Es evidente que nadie se puede acostumbrar a lo que no le produce satisfacción y felicidad en la vida, al principio podrá parecernos que sí, pero a la larga, nos pasará una factura muy dura que nos obligará a tomar decisiones.

Hay quien sigue manteniendo el vínculo de su relación de pareja sin que exista un amor real, sin que haya una complicidad auténtica ni aún menos felicidad. Lo importante para algunos es escapar de la soledad y para ello no dudan en adaptarse a la talla de un corazón que no va con el suyo.

Lo mismo ocurre a nivel laboral. Son muchas las personas que optan por mostrar lo que se conoce como “un perfil bajo”. Alguien dócil, manejable, alguien que llega a bajar méritos y estudios cuando redacta su currículum porque sabe que es el único modo de adaptarse a determinadas jerarquías empresariales.

Como decía esa frase conocida: “Adaptarse o morir, renunciar para subsistir”. Pero cuando sintamos eso debemos preguntarnos inmediatamente: ¿De verdad merece la pena morir de infelicidad?

Para ser feliz hay que tomar decisiones. A pesar de que nuestro cerebro sea resistente al cambio y nos invite elegantemente a permanecer en nuestra zona de confort, está diseñado genéticamente para hacer frente a los desafíos y sobrevivir ante ellos. 

De hecho, hay un dato relacionado con esto mismo que nos invita a la reflexión:

La felicidad no está en el exterior, sino en el interior, 
de ahí que no dependa de lo que tengamos sino de lo que somos” 
-Pablo Neruda-

Se nos olvida, tal vez, que para ser feliz hay que tomar decisiones, se nos olvida que el amor no tiene por qué doler, que la sumisión en el trabajo nos acaba quemando y que a veces, hay que desafiar a todo aquello que nos somete y salir por la puerta de entrada para volver a recuperar nuestro propio camino. Ese camino que nos llevara a la felicidad.


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